Pastoral de la Infancia

Los niños son, desde luego, el término del amor delicado y generoso de Nuestro Señor Jesucristo: a ellos reserva su bendición y, más aún, les asegura el reino de los cielos (cf. Mt 19,13-15; Mc. 10,14).  En particular Jesús exalta el papel activo que tienen los pequeños en el reino de Dios: son el símbolo elocuente y la espléndida imagen de aquellas condiciones morales y espirituales, que son esenciales para entrar en el reino de Dios y para vivir la lógica del total abandono en el Señor: “Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos.  Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos.  Y el que reciba incluso a uno solo de estos niños en mi nombre, a mí me recibe” (Mt 1, 3-5; Lc 9,48).

La niñez nos recuerda que la fecundidad misionera de la iglesia tiene su raíz vivificante, no en los medios y méritos humanos, sino en el don absolutamente gratuito de Dios.  La vida de inocencia y de gracia de los niños, como también los sufrimientos que injustamente les son infringidos, en virtud de la Cruz de Cristo, obtiene un enriquecimiento espiritual para ellos y para toda la Iglesia.  Todos debemos tomar de estos una conciencia viva y agradecida.